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El “desastre de Suecia” y la lluvia de monedas en Ezeiza: la historia detrás de la peor derrota de la Selección en los mundiales

El Mundial de 1958 significó el regreso de Argentina a las Copas del Mundo luego de 24 años. El combinado dirigido por Guillermo Stábile llegaba luego de ganar la Copa América de Lima con todas goleadas y con un registro muy positivo sobre las selecciones europeas. Pero cayó 6 a 1 con Checoslovaquia en el último partido del grupo y quedó afuera. Las causas de un estrepitoso fracaso

Argentina fue subcampeón en el primer mundial de fútbol en 1930. Viajó invitado por el anfitrión al segundo mundial de fútbol en 1934: presentó un equipo compuesto por futbolistas amateurs de equipos del interior del país dirigido por un italiano de 26 años, jugó un solo partido, perdió 3 a 2 con Suecia y quedó descalificado. Volvió a disputar un mundial de fútbol 24 años después. En el medio hubo una guerra mundial que interrumpió la continuidad del certamen y tres torneos (1938, 1950 y 1954) a los que la Selección decidió no asistir por sendas justificaciones de las autoridades deportivas y gubernamentales.

Las razones de la deserción fueron un enfado, un complot y un cúmulo de arbitrariedades políticas: nimiedades, caprichos, excusas de una reclusión voluntaria. 1958 significó el retorno de Argentina a la meca del fútbol. El mundial de Suecia sería “pan comido” para el autorreferenciado país del mejor fútbol del globo.

Argentina padecía ínfulas de grandeza. Ya había perdido el derecho a organizar la séptima y siguiente edición: en 1962 la Copa del Mundo regresó a Sudamérica. No a Uruguay y a Brasil que habían hospedado la de 1930 y la de 1950, respectivamente. Tampoco a Argentina. Chile obtuvo el derecho. Venció a la posición argentina con un argumento honesto y empático. Raúl Colombo, el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, dijo que el país ya estaba preparado para albergar el campeonato, que sería una cuestión muy sencilla. Carlos Dittborn, dirigente chileno, eligió otro enfoque: “Porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo”. Su sensibilidad convenció.

El equipo fue superado netamente por rapidez, estado atlético, organización, sobriedad y sentido práctico", escribió el periodista de El Gráfico Ricardo Lorenzo. Argentina en el Mundial de Suecia 1958
“El equipo fue superado netamente por rapidez, estado atlético, organización, sobriedad y sentido práctico”, escribió el periodista de El Gráfico Ricardo Lorenzo. Argentina en el Mundial de Suecia 1958

Antes del Mundial

La selección llegaba después de un rendimiento aplastante en la Copa América de Lima de 1957. Fue el equipo de “los Carasucias” -Corbatta, Maschio, Angelillo, Sívori y Cruz-, el campeón que solo fabricó goleadas: 8-2 a Colombia, 3-0 a Ecuador, 4-0 a Uruguay, 6-2 a Chile y 3-0 a Brasil en la final. En las Eliminatorias venció en tres de los cuatro partidos: consiguió dos 4 a 0 de local y solo cayó ante Bolivia en la altura de La Paz. El mundial del año siguiente sería la ratificación de una noción sostenida por dirigentes, futbolistas, hinchas y periodistas: la atmósfera triunfalista predecía que Argentina desfilaría en tierras suecas hasta coronarse por primera vez campeón del mundo.

El triunfalismo era palpable. Los antecedentes habían alimentado una consigna tramposa. Argentina se creía tan superior que decidió no esforzarse en la convocatoria de Maschio, Angelillo y Sívori, que habían sido vendidos a Italia. Pero en esas transferencias, no se había acordado una cláusula de cesión obligatoria al seleccionado nacional. Debía ser una esforzada gestión de AFA. La negociación comenzó y terminó rápido. La posición de los clubes europeos era rigurosa: no les sobraba voluntad para aceptar la liberación de los tres futbolistas. La AFA, a través de su presidente, decidió renunciar al tironeo. “No hay que hacerse más problema, a nosotros nos sobran jugadores“, dijo el mandamás. “No fuimos a Suecia porque nunca nos llamaron. Y tampoco supimos jamás el por qué. Creo que podríamos haberle aportado más ritmo, más roce con equipos europeos, más experiencia. Pero nunca sabremos lo que pudo haber pasado”, validó, años después, Maschio.

Tenía razón. En los 24 años de ausencia de los mundiales, la Selección solo se había medido diez veces con rivales europeos: Checoslovaquia e Italia en 1957, Portugal e Italia en 1955, Inglaterra e Italia en 1953, España y Portugal en 1952, Inglaterra e Irlanda en 1951. El registro le daba ampliamente a favor: ocho victorias y solo dos derrotas. No había demasiada preocupación en el imaginario colectivo nacional: en el Mundial iban a competir esas selecciones a las que Argentina vencía con cierta frecuencia. Si ni siquiera habían clasificado al certamen España, Italia y Uruguay, aspirantes al título. Si hasta la selección inglesa estaba diezmada por una tragedia aérea en la que varios futbolistas habían fallecido. Argentina, sin que nadie se lo concediera, se había colgado la chapa de candidata

Argentina jugó el primer partido frente a Alemania Federal con la camiseta del Malmö FC de Suecia: remera amarilla, pantalón y medias negras
Argentina jugó el primer partido frente a Alemania Federal con la camiseta del Malmö FC de Suecia: remera amarilla, pantalón y medias negras

Argentina en el Mundial de Suecia 1958

El técnico era Guillermo Stábile, goleador del Mundial de 1930 y director técnico de la selección nacional en simultáneo a su trabajo en los clubes argentinos desde 1941. Roberto Zárate, wing de River, se lesionó antes de embarcarse en la travesía sueca. Su reemplazo fue Ángel Labruna, que ya tenía 39 años, estaba de licencia y sin preparación física. River había cedido a siete hombres, Boca a cuatro, Independiente a tres, Racing, San Lorenzo y Lanús a dos, Estudiantes y Vélez a uno cada uno. La delegación de 22 futbolistas tardó cuarenta horas en arribar a Ramlösa, un plácido poblado al sur de la península que sería sede del combinado nacional. 

Los rivales del grupo A eran todos europeos: Alemania Federal, Irlanda del Norte y Checoslovaquia. El debut fue el 8 de junio contra los alemanes, campeones defensores. La reaparición de Argentina en los mundiales escondió un mal presagio: la televisión entendió que el tono de las camisetas eran similares y obligó un cambio de indumentario. Un sorteo designó el perdedor, dice el mito. Aunque la leyenda más repetida es que Alemania ejerció mayor peso por tratarse del campeón vigente. Argentina, que no había llevado indumentaria alternativa, no pudo debutar con la tradicional: debió vestir una casaca del Malmö FC de Suecia (el encuentro se jugó en su estadio).

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Con una camiseta amarilla, pantalón y medias negras, y el escudo de un equipo sueco en el pecho, Orestes Omar Corbatta abrió el marcador a los dos minutos. Se validaba la teoría del fútbol argentino como faro mundial. Pero no. Dos goles de Helmut Rahn y uno de Uwe Seeler le dieron el triunfo por 3 a 1 al país europeo. Tres días después, se repitió la cronología del resultado pero a favor de la Selección: Irlanda del Norte abrió el marcador a los tres minutos con gol de Peter McParland; Corbatta, Norberto Menéndez y Ludovico Avio sentenciaron el triunfo argentino. 

22 futbolistas viajaron a Suecia en el regreso de Argentina a las Copas del Mundo. Ninguno jugaba fuera del país
22 futbolistas viajaron a Suecia en el regreso de Argentina a las Copas del Mundo. Ninguno jugaba fuera del país

6 a 1

Checoslovaquia fue el último rival de la zona de grupos. No había ganado ninguno de los dos compromisos anteriores: había empatado 2 a 2 con los alemanes y perdido 1 a 0 con los irlandeses. El combinado dirigido por Stábile había jugado un amistoso en Buenos Aires en agosto de 1956 contra los checoslovacos: había sido triunfo del seleccionado nacional por 1 a 0 con gol de Antonio Angelillo. La revancha se desarrolló el 15 de junio de 1958 en el Olimpia Stadium, de Helsingborg, ante apenas 16 mil espectadores. A los ocho minutos, a los 17, a los 40, a los 69, a los 82 y a los 89 ocurrieron los goles checoslovacos. Corbatta, de penal a los 65 minutos, había convertido el descuento.

“Se produjo el famoso ‘desastre de Suecia’ cuando Checoslovaquia destrozó las ilusiones de Stábile y compañía. Una distancia futbolística abismal y una actuación que demostró las distancias físicas y de dinámica y precisión que hubo entre un equipo y otro. Fue 6-1 y pudo ser peor”, describió el periodista Alejandro Fabbri. Significó, conceptualmente, una de las mayores decepciones de la selección argentina en toda su historia. Fue, estadísticamente, la peor goleada de la albiceleste en mundiales. Un artero golpe al ego y a la soberbia argentina.

Amadeo Carrizo, la leyenda del arco argentino, fue el arquero de los tres partidos en el Mundial de Suecia
Amadeo Carrizo, la leyenda del arco argentino, fue el arquero de los tres partidos en el Mundial de Suecia

El desastre

“Tuvimos la desgracia de que se lesionara Lombardo. Avio jugó como marcador de punta improvisado y, aunque dejó el alma en la cancha, los checos nos desbordaron mucho por ahí y nos mataban por el medio. Hay que decir las cosas como fueron: no sabíamos quiénes eran ni cómo jugaban. Si lo hubiéramos sabido, tal vez perdíamos igual, pero seis no nos hacían”, reconoció Amadeo Carrizo, quien atajó en los tres partidos. El mítico arquero de River dijo que si los rivales hubieran puesto más ganas “nos hacían ocho o nueve”.

“Nosotros estábamos acostumbrados a jugar solamente los domingos y a entrenar martes y jueves -explicó el capitán Pedro Dellacha-. Esa fue la gran causa de nuestro fracaso. Pagamos el precio de creer que, con lo que teníamos, nos alcanzaba para bailar a los europeos. El fútbol internacional no era tan difundido en la Argentina y eso determinó que no comprendiéramos la importancia de un Mundial”. “Fuimos con los ojos vendados, a ciegas. No estábamos preparados ni física ni técnicamente para afrontar tres partidos en una semana“, admitió tiempo después Ángel Labruna.

“No es cuestión de hombres”, escribió Ricardo Lorenzo, alias Borocotó, para la revista El Gráfico. Elogió la disciplina, la preparación física y el orden táctico del juego checoslovaca, valoró la velocidad, “corriente moderna”, como factor decisivo y cuestionó el profesionalismo de los jugadores argentinos: “El equipo fue superado netamente por rapidez, estado atlético, organización, sobriedad y sentido práctico (…) El mal viene de muy lejos, arrastrándose. Y como en el orden sudamericano las cosas habían salido bien y los jugadores argentinos que están jugando en cuadros extranjeros han agregado prestigio, muchos aceptaron que éramos los mejores del mundo sin que eso se haya demostrado jamás”.

Después del Mundial

Asimismo, el periodista Dante Panzeri redactó un artículo conciso: “El mito de que somos los mejores del mundo afortunadamente ha caducado. Hay que aprovecharlo como un saludable tropezón capaz de recordarnos que, quien mal camina, se puede caer. Ésta es una caída más en nuestro fútbol. No es la primera, ni tampoco será la última”. 

La tarde del 22 de junio de 1958, siete días después del “desastre”, la selección regresó al país. La esperaban cerca de diez mil personas, según las crónicas de época, en el aeropuerto de Ezeiza. “La recepción no fue fría, ni silenciosa, ni tranquila. Mientras los familiares aguardaban abajo, trémulos, intranquilos, arriba desde la plataforma un gentío los insultaba, les tiraba monedas y les hacía señas aludiendo al 6-1“, narró la cobertura de El Gráfico.

“El avión no aterrizó donde lo hacía siempre, sino en una zona más alejada. Bajamos y tuvimos que ir caminando hasta la terminal. Parecía que todo estaba armado para que nos insultaran y nos agredieran. En vez de protegernos, nos expusieron, como si alguien lo hubiera organizado para que sufriéramos. Nos trataron mal hasta quienes tenían que revisarnos las valijas. Las abrían así nomás y nos tiraban las cosas por el suelo, sin ningún tipo de cuidado”, relató Amadeo Carrizo. Fueron recibidos como “criminales de guerra”, según contó Labruna.

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