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Un partido de siete horas y una veda de diez años: la final entre Argentina y Brasil que terminó en una brutal batalla campal

El 10 de febrero de 1946, las selecciones argentinas y brasileñas disputaron la última fecha del campeonato sudamericano en el estadio Monumental. El equipo local ganó 2 a 0 con doblete de Norberto Tucho Méndez pero el encuentro pasó a la historia por la pelea que incluyó a futbolistas y policías. El combate hizo que ni argentinos ni brasileños quisieran volver a enfrentarse

Corridas, patadas, trompadas, caos en la final entre Argentina y Brasil en el campeonato sudamericano de 1946 jugado en territorio argentino

El clásico entre Argentina y Brasil que terminó en una brutal batalla

El primero fue en 1914. El último se jugó en 2021. El fútbol enfrentó, en partidos oficiales, 109 veces a argentinos y brasileños. En 107 años de historia se forjó la rivalidad más encumbrada del fútbol global: el clásico del mundo por antonomasia. La paridad atraviesa el registro histórico: 42 veces ganaron los brasileños, 26 partidos terminaron en empate y en 41 duelos el vencedor fue la selección argentina. El equilibrio también se reparte en goles: 155 hicieron los vestidos de amarillo, 154 convirtieron los de los bastones celestes y blancos.

El primero y el último los ganó Argentina: el último en la final de la Copa América 2021, con el primer título de Lionel Messi en la selección mayor. En ese certamen, el país más austral del continente presenta una superioridad: 16 triunfos, diez derrotas, ocho empates. Las canciones de los hinchas argentinos suelen profesar una paternidad que la rigurosidad de los números no contempla. En mundiales, por caso, el saldo es negativo: dos triunfos brasileños (2 a 1 en Alemania 1974 y 3 a 1 en España 1982), una parda sin goles en Argentina 1978 y el 1 a 0 del gol de Caniggia y la apilada de Maradona en Italia 1990.

El clásico de selecciones

De ese antagonismo brotan encuentros no reconocidos por las organizaciones hoy rectoras, apellidos ilustres, goles memorables, partidos mundialistas y continentales, hazañas, reseñas, anécdotas. La primera etapa del enfrentamiento tiene amplio dominio argentino, donde el fútbol se popularizó más rápido en comparación a tierras brasileñas. Ese protagonismo se manifiesta en los torneos continentales: hasta 1946, Argentina había ganado ocho de las 19 ediciones y en cinco de ellas había vencido en la final a Brasil, que por entonces solo había levantado el trofeo en tres ocasiones. 

1946 representa un punto de inflexión en el historial de ambas selecciones. En la última década se había registrado un incremento de tensión en los enfrentamientos: juego brusco, invasión de cancha, desacuerdos arbitrales y denuncias de insultos racistas en un 2 a 0 a favor de Argentina de 1937 jugado en la cancha de San Lorenzo, y un 3 a 2 que ganó Brasil en Río de Janeiro cuando la selección argentina se retiró de la cancha en protesta contra un fallo del juez que inclinó las acciones a favor del local. Pero nada comparable a lo que sucedería el 10 de febrero de 1946 en la final del Sudamericano.

La formación de la selección que ganó los cinco partidos de la 19° edición del Sudamericano, marcó 17 goles y solo le convirtieron tres
La formación de la selección que ganó los cinco partidos de la 19° edición del Sudamericano, marcó 17 goles y solo le convirtieron tres

Campeonato Sudamericano

“Los Argentina-Brasil se fueron endureciendo fruto de una rivalidad creciente, choque de países, orgullos, estilos y hasta razas”, aportó el periodista español Alfredo Relaño en una nota de El País. Algo de eso había. El hexagonal final del verano de 1946 los encontró en el pico de voltaje. La Copa Roca, jugada a fines del año anterior, quedó en menos de Brasil tras una final disputada en territorio carioca. El primer juego fue favorable a la selección conducida por Guillermo Stábile con un 4 a 3. En ese partido se lesionaron Norberto Tucho Méndez, delantero de Huracán, y José Salomón, defensor de Racing. Los dos siguientes fueron sendos triunfos brasileños: 6 a 2 y 3 a 1.    

“A los cotejos de Río de Janeiro se les rodeó de un ambiente para nosotros extraño, completamente desconocido y que incidió parcialmente en sus resultados. La incesante explosión de petardos en enormes cantidades, con fragosidad indescriptible, si bien no fueron los que depositaron la pelota seis veces en el arco de Vacca, rodearon a esos partidos de un clima totalmente nuevo para nosotros“, expresó el técnico argentino. La revancha sería demasiado pronto y en suelo nacional. 

La final

Compitieron Argentina, Brasil, Uruguay, Chile, Bolivia y Paraguay. Las sedes fueron el Monumental de Núñez, el Gasómetro de Flores y la Doble Visera de Avellaneda. El 10 de febrero se jugó la última fecha. Por azar o digitado, fue la fecha del cruce entre los principales candidatos al título: Argentina y Brasil. Los locales habían ganado los cuatro partidos. Paraguay le había sacado un empate a Brasil. A la Argentina le bastaba con empatar para retener la corona que había obtenido en Chile el año anterior.

“En Brasil se lucían Domingos da Guía, Zizinho, Jair Rosa Pinto y Chico, entre otros. Argentina se destacaba por un ataque estelar compuesto por Vicente De la Mata, Norberto Tucho Mendes, Adolfo Pedernera, Ángel Labruna y Félix Loustau. Y en la defensa estaba José Salomón, un defensor con capacidad de mando y una gran presencia física. Un verdadero caudillo”, escribe Pablo Lisotto para La Nación.

a década del cuarenta fue dorada para el fútbol argentino, que mantuvo su dominio sudamericano en una época donde Europa y el mundo atravesaba la Segunda Guerra Mundial
La década del cuarenta fue dorada para el fútbol argentino, que mantuvo su dominio sudamericano en una época donde Europa y el mundo atravesaba la Segunda Guerra Mundial

Partido roto

A Salomón le decían “puente roto” porque no lo pasaba nadie. Compartía la zaga con Sobrero. El arquero era Vacca. Fonda, Strembel y Pescia componían la segunda línea defensiva del sistema WM que reinaba en la época. De la Mata, Méndez, Pedernera, Labruna y Loustau se mezclaban en ofensiva. El partido, según la historia oficial que cuenta la Conmebol, empezó a las tres de la tarde y terminó a las diez de la noche. Pudo no haber terminado. Hubiese sido lo más razonable.

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El partido se quebró a los 28 minutos del primer tiempo: fue cuando Jair, volante rival, le quebró la pierna a Salomón. La fractura de tibia y peroné desató lo que argentinos y brasileños venían fomentando hace años: un odio mutuo, una aversión compartida. Dejaron de jugar al fútbol. A nadie le importaba la pelota. Se parió el descontrol: una batalla campal se esparció por el campo de juego del Monumental. Remeras blancas, remeras amarillas, uniformes de policía, la escena rota de la debacle.

La crónica

“En ese momento explotó la bomba de agresión colectiva. Salomón quedó caído tras un encontronazo con Jair; Fonda y Strembel persiguieron a Chico y a Jair; puñetazos y puntapiés; revuelo general, confusión, zancadillas, palos; invasión del campo por innumerables agentes de policía; Chico, tras pegarle a Pescia, es perseguido por Marante, recibe un puntapié, sigue su carrera hacia el túnel y los policías, ante la imposibilidad de alcanzarlo con los brazos, pretenden derribarlo haciéndoles zancadillas; cae Chico frente al mismo palco de periodistas, y recibe una andanada de golpes, hasta que lo dejan reanudar su marcha hacia los vestuarios, tomándose la cabeza dolorida y mirando, extraviada la vista, con expresión de terror; en el resto del campo de juego -¡amarga ironía!- se prolonga la gresca”, dice la crónica del periodista Félix Frascara de la revista El Gráfico

“Son cinco o diez minutos de locura increíble. La policía, excesivamente numerosa, ha sido también excesiva e innecesariamente enérgica. Atenuada la riña, desahogados los puños y los pies, van los brasileños al vestuario, mientras los jugadores locales permanecen en la cancha. Y transcurre una hora y once minutos hasta el momento en que se reanuda el match. En realidad, el match no se reanudó. Por lo menos el juego no tenía nada que ver con lo que habíamos presenciado antes del escándalo. El árbitro había decidido expulsar a Chico y a De la Mata, de manera que cada cuadro reapareció con diez hombres. No estaba Salomón en el equipo argentino. El capitán había resultado la víctima más seria: doble fractura en la pierna derecha”, agrega el artículo.

El festejo de los futbolistas argentinas en el estadio Monumental de Núñez. Labruna y Méndez fueron los goleadores del campeón con cinco tantos cada uno
El festejo de los futbolistas argentinas en el estadio Monumental de Núñez. Labruna y Méndez fueron los goleadores del campeón con cinco tantos cada uno

El final

Las crónicas de la época hablan de una contienda que contó con el apoyo ilegítimo de las fuerzas de seguridad. La policía argentina en vez de apaciguar y detener el combate, golpeó también a la delegación visitante. El partido que definía el final del campeonato sudamericano se reanudó con solo dos expulsados y luego de una detención de 71 minutos. Relaño de El País recuerda que los brasileños no estaban seguros de volver tras la suspensión. Lo resolvió Domingos da Guía, quien convenció a sus compañeros luego de que las autoridades firmaran la garantía de que la policía se abstendría de intervenir.

El árbitro uruguayo Nobel Valentini contribuyó a la reanudación del juego y a los requerimientos del seleccionado brasileño luego de advertir atónito la imparcialidad y hostilidad de los oficiales argentinos. Los equipos volvieron al campo de juego. Argentina y Tucho Méndez hicieron dos goles, y el campeonato sudamericano se terminó. La selección nacional festejó de noche con luz artificial un duelo que había empezado de día con iluminación natural. Pero el escándalo sembraría una distancia, no una tregua, entre ambas selecciones.

La veda

Las cuatro ediciones siguientes de la vieja Copa América fueron incompletas. La que jugaba Argentina no participaba Brasil. Y viceversa. Tal era la enemistad que Argentina también se negó a jugar el mundial de Brasil en 1950 porque la federación brasileña de fútbol le ordenó a sus clubes que no disputaran partidos amistosos contra pares argentinos. El tiempo sanó el encono. Diez años después, el 5 de febrero de 1956 en Montevideo, Uruguay, por la penúltima fecha del sudamericano, Brasil y Argentina, Argentina y Brasil volvieron a jugar. Ángel Labruna fue el único que había participado de la gresca que repetía plantel. Los árbitros estuvieron atentos a mantener la sobriedad del trámite. El partido, ante tanta alarma, fue discreto. Luisinho metió el único gol del duelo a los 88 minutos y Brasil finalizó en la cuarta ubicación, por detrás de Argentina. Uruguay fue campeón y Chile salió segundo.

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